Octubre de 2003. Vol.1,
nueva época, número 6.

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REVISTA MEXICANA DE ESTUDIOS CANADIENSES
nueva época
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EL VIEJO MONTREAL.
CONSIDERACIONES SOBRE SU CONSERVACIÓN PATRIMONIAL

Gonzalo Yanes Díaz

Resumen
Este artículo analiza el contexto histórico, cultural y económico de la ciudad de Montreal, así como sus estilos arquitectónicos y el desarrollo urbano que en los cincuenta puso en peligro el patrimonio histórico de uno de sus sectores, conocido como el Viejo Montreal. Asimismo, expone cómo el interés de la ciudadanía, los poderes públicos y la iniciativa privada por preservar la identidad cultural de esta ciudad quebequense se ha reflejado en la formulación de leyes, reglamentos y programas concretos para conservar el patrimonio histórico del Viejo Montreal y del Puerto Viejo; esfuerzo conjunto que ha logrado rescatarlos e integrarlos a la vida económica urbana a través del turismo.
   

ASPECTOS GENERALES

Penetrar en la visión del Viejo Montreal, como el corazón histórico de la ciudad de Montreal es, primero, alzar la vista hacia el marco regional que dio lugar a uno de los territorios más singulares de Canadá, en términos de su geografía, si apreciamos el Ontario sur y el Quebec sur como una pequeña región con la más alta densidad de población y actividades industriales de todo Canadá; debiéndosele llamar el corazón del país, porque representa el 60% de la totalidad de la población nacional, el 70% de artículos manufacturados y más del 68% de la fuerza de trabajo manufacturera, teniendo casi la mitad de las ciudades más grandes y medias, las mejores tierras de cultivo que se alzan con las más altas densidades de producción agrícola, y la mayor concentración de negocios, lo que conduce a la formación de un gran centro de poder económico y político entre los polos de las ciudades de Toronto y Quebec[1].

En segundo lugar debemos fijar la atención en la variedad de paisajes físicos que contrastan con los dos bloques culturales entre Ontario y Québec (fig.1), en el sentido de la diversidad étnica de la población anglófona del primero y la compacidad étnica, de leyes, costumbres y religión de la población francófona del segundo; aunque el territorio en su conjunto observa una integración funcional, con muchos aspectos en común, a pesar de la diferencia de lenguas y cultura, a tal punto que Robinson lo llama la “calle principal de Canadá”, o el “centro” o corazón de todo el país[2].

Fig. 1: Subregiones de los Grandes Lagos y Tierras Bajas del río San Lorenzo; Robinson, p. 89.

Fig. 1: Subregiones de los Grandes Lagos y Tierras Bajas del río San Lorenzo; Robinson, p. 89.

Fig. 2: Expansión de los franco-canadienses a  partir de ambas riberas del río San Lorenzo; Robinson, p. 104.

Fig. 2: Expansión de los franco-canadienses a partir de ambas riberas del río San Lorenzo; Robinson, p. 104. 

ASPECTOS HISTÓRICOS

La región de Quebec sur se compone de las Tierras Bajas, los Apalaches y el Escudo Canadiense, caracterizándose por su similitud en materia de lengua y cultura. Su centro urbano más importante es la ciudad de Montreal. Sus orígenes se remontan al desarrollo agrícola impulsado por los colonizadores de la Nueva Francia entre los siglos XVII y XVIII, desarrollo que tuvo como estructura básica la formación de los asentamientos, fundados sobre un modelo de tierras labrantías alargadas, estrechas y paralelas, los rang, como las mismas aldeas rurales sobre trazas lineares en torno a poblados mayores (fig. 2). La agricultura, en un marco con abundante caza y frutas silvestres, y las ciudades más importantes (Quebec, Trois-Riviéres y Montreal) se desarrollaron a lo largo del río San Lorenzo hasta que, rebasados los límites de población, su excedente emigró a regiones adyacentes (Nueva Brunswick, Nueva Inglaterra, Poblados del Este, Lago San Juan y el borde sur del Escudo Canadiense[3].

Se sabe que cerca de 70 mil habitantes de origen francés poblaban Quebec al ocurrir la ocupación británica en 1763 y que Montreal tuvo una población de 60% de habla inglesa, y Quebec 40%, entre 1830 y 1861; lo que habría dado a estas ciudades un aire británico en su arquitectura y su traza urbana. En el reparto del poder, en 1850, la mayor parte de la tierra agrícola estuvo en manos de franco-canadienses, en tanto que el comercio y la industria incipiente los controló la población británica.

FUNDACIÓN Y SURGIMIENTO DE MONTREAL

Se tiene noticia de que los normandos y los bretones conocieron las costas de Newfoundland en torno a 1500, aunque no es seguro que hayan explorado el golfo de San Lorenzo en 1506 y 1508, así como una frustrada fundación de una colonia en la Isla Sable en 1518. El interés de Francisco I sobre estos territorios se mostró al enviar a Giovanni de Verazzano, quien exploró la costa entre el cabo Fear y Newfoundland en 1524[4].

Obedeciendo las órdenes del mismo rey francés sobre la búsqueda de oro y otros materiales de valor, Jacques Cartier exploró las costas de Canadá en su primer viaje, en 1534, tratando vanamente de encontrar un pasaje a China; a cambio, en el siguiente año, el 2 de octubre de 1535, remontando el río San Lorenzo y después de detenerse en Quebec y finalizar en los rápidos de Lachine, descubrió un pequeño fuerte con una población aproximada de 3 mil 500 indios hurones aparentemente dedicados al comercio de pieles, Hochelaga, al pie de un promontorio bautizado como Mount-Royal, y desaparecido en la primera visita que del lugar hizo Samuel de Champlain en 1603 (fig. 3).En su tercer viaje en 1541, Cartier se acompañó de M. Roberval, nombrado virrey de Canadá, Labrador y Newfounland por Francisco I, sin que el propósito de fundar una colonia en Quebec se haya logrado, hasta el siglo XVII[5].

En Mont-Royal se montó una feria anual a partir de 1611, entre comerciantes franceses y traficantes indígenas de pieles, sin que se haya fundado ningún poblado como fue la intención original de Champlain. La feria se trasladó a Trois-Rivières en 1618, por estar más cerca de Quebec, la base principal de operaciones mercantiles. En el verano de 1642 se estableció una colonia misionera compuesta por 40 franceses con el nombre de Ville-Marie, bajo el Gobierno de Chomeday de Maisonneuve, la que pronto se convirtió en un centro de intercambios comerciales, basado en el monopolio de pieles, y manejado por la Compañía de la Nueva Francia desde 1627, para luego transferirlo a la Compañía de Pobladores. El control del comercio de pieles, en 1650, pasó definitivamente de Quebec a Montreal y, de este centro, se extendió tan lejos como el Lago Michigan y la cuenca del río Mississippi en 1700, llegando a ser la principal ciudad norteamericana, lo que demostró su importancia regional, derivando su nombre del original dado por Cartier al promontorio de Mount-Royal. Es digna de mención, en el plano religioso, la llegada de los frailes recoletos en 1615 y de los jesuitas en 1625[6]. 

Aunque fue Champlain quien escogió el lugar para el primer asentamiento, Place Royale, en el área cubierta hoy por el triángulo formado por la Place d’Youville, Pointe-à- Callières y la calle de la Commune, protegido por el cauce del entonces río Saint-Pierre cuya desembocadura ofrecía, además, una pequeña pero tranquila dársena, distinta a la violenta correntada del río san Lorenzo, no fue sino Maisonneuve quien refundó, sobre la misma Place Royale, el segundo y definitivo asentamiento llamado Ville-Marie[7].

Fig. 3, Aldea de Hochelaga, según Jacques Cartier, Archives Nationales du Canada, NMC 1908, en La naissance d’une ville, Ministére des Affaires Culturelles, Ville de Montréal,  p. 8.

Fig. 3, Aldea de Hochelaga, según Jacques Cartier, Archives Nationales du Canada, NMC 1908, en La naissance d’une ville, Ministére des Affaires Culturelles, Ville de Montréal, p. 8.

Fig. 4: Plano de las calles de Montreal por Dollier de Casson, 1672, en Montreal in Evolution,  p. 73

Fig. 4: Plano de las calles de Montreal por Dollier de Casson, 1672, en Montreal in Evolution, p. 73

La traza urbana es relativamente ortogonal (fig. 4), compuesta por tres calles alargadas (Nuestra Señora, San Pablo y Santiago), paralelas al río San Lorenzo, atravesadas perpendicularmente por siete calles, de este a oeste (San Pedro, El Calvario, San Francisco (hoy San Francisco Javier), San José (hoy San Sulpicio), San Lamberto, San Gabriel y San Carlos), implantada por Dollier de Casson, el 12 de marzo de 1672 y, según Marsan, siguiendo la trama de los solares rurales alargados tradicionales en la Nueva Francia, o côtes, perpendiculares a la dirección de los ríos[8] (fig. 4).

Este autor supone que el origen de la traza se deriva de las bastidas de la Edad Media construidas en el sur de Francia, aunque destaca su diferencia: en éstas, el mercado era preponderante, quedando el templo en segundo lugar; en cambio, en Ville-Marie la catedral tomó el lugar principal y el mercado el secundario, circunstancia que revelaba el énfasis dado a la nueva fundación como avanzada misionera cristiana (fig. 5).

Los signos de tintes renacentistas son también evidentes en el trazado de Montreal, como es el caso de la catedral frente a una plaza, según Marsan, los que no fueron ignorados por Dollier de Casson, a lo que posiblemente se sumó la influencia de las Leyes de Indias, en el sentido de las trazas realizadas por su antecesor, Samuel de Champlain, en los primeros trazos de Sainte-Croix y en los definitivos de Quebec, después de visitar los asentamientos españoles de México, Veracruz, San Juan, Portobello, Santo Domingo, Panamá y La Habana, entre 1599 y 1601[9].

TRAZA URBANA

Se destacó el carácter de la traza urbana primitiva de Ville-Marie. De hecho, se puede hablar de una traza bastante regular, sin que se pueda reconocer la rigidez de la ortogonalidad de las ciudades españolas y sin que aparezcan las tortuosas calles de los poblados medievales europeos. Es oportuno destacar, por otra parte, el paralelismo de su configuración alargada en correspondencia a la corriente del río San Lorenzo, así como la selección del lugar, aprovechando la magnífica perspectiva del Mount Royal, y las riberas del río, descontando —desde luego— la ventaja del sitio como puerto fluvial y, finalmente, la diversidad de puntos focales tales como la Catedral y Plaza de Armas, la plaza pública con funciones de mercado.

Fig. 5: Plano comparado de Montreal con algunas bastidas francesas, en Montreal in Evolution, p. 92.

Fig. 5: Plano comparado de Montreal con algunas bastidas francesas, en Montreal in Evolution, p. 92. La comparación resulta instructiva en el sentido de que la traza de Montreal destaca su magnitud en relación en las pequeñas bastidas de Francia debido a la pretensión de sus fundadores en que funcionara como centro urbano y rural al mismo tiempo.

Foto 1: Hospital de las Hermanas Grises; foto:  G. Yanes D.

Foto 1: Hospital de las Hermanas Grises; foto: G. Yanes D.

Como no existió un foco principal, en contrario de las ciudades coloniales hispanoamericanas con iglesia o catedral, comercios y ayuntamiento en torno a una plaza central, la distribución de los arrabales populares no debió tener mayores consecuencias en cuanto a su jerarquización estamentaria, no así en lo referido a los importantes territorios ocupados por organismos religiosos de asistencia como el Hospital (Hôtel-Dieu), el Hospital de las Hermanas Grises (foto 1), los conventos de los Recoletos, Jesuitas y Sulpicianos, y el colegio de los Franciscanos, básicamente en torno a la iglesia parroquial. Dos sectores expresan los principales polos urbanos en este período colonial francés: el del mercado Bonsecours, limitado por las calles de Saint-Paul, Berri, Notre-Dame, y la plaza Jacques Cartier, y el de la plaza d’Youville formado por ésta, y las calles de la Commune y Normand. En el término oriental se ubicó el centro administrativo y político, representado por el Château Vandreuil (destruido por el fuego el 6 de Junio de 1803), el Châteu de Ramezay o del Intendente, los cobertizos y embarcadero del Rey y la Ciudadela[10], y el hotel de Ville encerrados en las murallas defensivas.

La estructura urbana del régimen francés mantuvo la morfología de sus orígenes aunque, a partir del paso al dominio inglés en 1760, la presencia de una nueva clase, la de los mercaderes y empresarios, dio lugar a otra expresión urbana lenta, pero inexorablemente con la presencia de las lujosas residencias suburbanas de la nueva burguesía. Además, en 1799, se expidió una ley que ordenaba una verdadera práctica de planeamiento urbano para Quebec y Montreal, la que se materializó dos años después con la destrucción de la muralla que encerró el núcleo original urbano de Montreal (8 de abril, 1801) y que daría lugar a la expansión de la ciudad hacia el norte según el esquema de Joseph Bouchette en 1815, y descrita en el plano de la misma por John Adams en 1825[11].

Durante el siglo XIX se dio el proceso de inmigración hacia Montreal: la europea en general y sobre todo la británica e irlandesa, y la local representada por la franco-canadiense, como resultado de la aparición de la industriales y de la hambruna de Irlanda (1845-46), quedando entre ambos grupos la comunidad judía, en los linderos de la avenida St. Lawrence, el grupo de habla inglesa al oeste, y el de habla francesa al este. Tal proceso acentuó el crecimiento de la población y de la ciudad, y alentado además por el incremento de los transportes y el teléfono. Los distritos principales de la ciudad, entre los siglos XIX y XX, fueron Westmount, Outremont, Maisonneuve, Verdun y Lachine como elementos clave para la transformación de la ciudad derivada de su traza primitiva, y del plan urbano propuesto por el Parlamento del Lower Canada en 1799, coordinado por McGill, Richardson y Mondelet; también habría de cambiar como consecuencia del crecimiento demográfico y urbano, y teniendo como fundamento principal las funciones administrativas y comerciales durante todo el siglo XX.

Marsan constata este cambio así: la calle de Saint-Paul, de mercaderes al detalle se convirtió en plaza de comerciantes al por mayor, moviéndose los primeros a Notre-Dame, Saint Jacques y finalmente a Sainte-Catherine; y las residencias lujosas, para dar lugar a los bancos y grandes periódicos, se trasladaron de Saint-Jacques a las terrazas de la calle Sherbrooke[12].

TIPOLOGÍA ARQUITECTÓNICA

Rémillard y Merrett consideran el período de 1642-1867 (de la fundación de Montreal a la Confederación canadiense) como de la colonización y de la adaptación, en el sentido de que la primera se refiere a la apropiación y poblamiento del lugar, del descubrimiento y explotación de sus recursos, y la segunda, a la domesticación del territorio y dominio del clima. Por lo demás, también importaron la volatilidad de la política europea y los intentos de invasión de indios iroqueses, de ingleses y americanos, razón por la cual la ciudad se amuralló y sus granjas se protegieron con muros horadados de aspilleras, aunque su principal enemigo fue el riguroso clima: -34º C en invierno y +34º C en verano. La construcción se basó en el uso de piedra calcárea que sustituyó a la madera por razones de seguridad contra incendios (en 1721 y 1852 los incendios abatieron una cuarta parte de la ciudad), y en el tratamiento austero de la decoración por falta de mano de obra calificada[13].

La arquitectura de este período se divide en tres etapas: la del Gobierno francés (1642-1760), similar a la rural y burguesa tradicional del noroeste de Francia (Bretaña, Normandía, Île-de-France), residencias de dos pisos con muros anchos, hechos de mampostería tosca pegada con mortero, ventanas con hojas de manguetes que soportan cristales pequeños importados de Francia, techos a dos o cuatro aguas con lucarnas y cubiertas de pizarra, teja o lámina, muros piñones rompe-fuegos que contienen los tiros sobresalientes de chimeneas, siendo alguno de sus ejemplos más notables el Château de Ramezay (foto 2), comenzado en 1705 y mezcla de residencia rural y urbana según Marsan[14], la Maison Calvet, ejemplo de residencia privada de tres pisos y sótano y (foto 3) y, en el terreno de la arquitectura religiosa, la catedral de Notre-Dame, comenzada en 1672 y terminada en 1682 según cánones jesuitas, (fig. 6), y el seminario de Saint-Sulpice (foto 4), de estilo clásico con planta en U, sótanos abovedados, pórtico y acceso manieristas, patio frontal y jardines, siguiendo el modelo de las residencias del siglo XVII y una fachada principal coronada por un reloj monumental; la de los herederos del Gobierno francés (1769-1830), con características similares al período anterior, excepto por la difusión de la cubierta de techos a base de lámina a la canadiense, y mayor altura de los edificios hasta cuatro pisos con mayor número de vanos, siendo sus mejores ejemplos la Maison Papineau (1785) cuya fachada se revistió de un paramento de madera que imitó la piedra tallada (fotos 5 y 6); la Maison Beaudoin (1795), con revestimiento de argamasa a fin de uniformar edificios construidos en diversas épocas y prevenir las filtraciones del agua (foto 7), y la Maison Malard (1810), cuyo paramento se termina con piedra tallada lisa, según técnicas británicas que, por lo demás, anuncian el cambio de estilo hacia el neoclacisismo (foto 8); la arquitectura neoclásica (1800-1867), introducida al principio del siglo XIX como parte de la tradición europea, en contrario del estilo rural y provinciano del Gobierno francés, y resultado de la influencia de Andrea Palladio, arquitecto italiano del siglo XVI, y de la arquitectura grecorromana de la Antigüedad: uso de los órdenes clásicos dórico, jónico, corintio, y toscano, pórticos a base de frontón triangular, revestimientos de piedra tallada y lisa, y tableros almohadillados, aplicado a la arquitectura residencial, comercial e institucional, hasta su declinación en 1850 para dar paso al estilo ecléctico. Sus mejores ejemplos son: la antigua Casa de la Aduana, de John Ostell, de planta cuadrada, con plaza frontal (Place Royal), y tratamiento de muros a base de sillería de junta pronunciada, ventanas con cerramiento de arco de medio punto en planta baja y cerramiento de platabanda horizontal en el segundo, coronado por frontón sin ornamento y acceso principal realzado por un pórtico apoyado en columnas toscanas (foto 9); el Banco de Montreal, de John Wells, apunta al pasado del Banco de Escocia (1843-1844), más romano que paladino, enfatizando el pórtico de columnas que soportan un frontón (foto 10); y el Marché Bonsecours, edificio paladiano de planta alargada, con cúpula central, pórtico neogriego, y columnas dóricas fundidas, diseñado para funciones administrativas, comerciales y culturales de la ciudad en sus orígenes, semiabandonado a mediados del siglo XX y finalmente rehabilitado en 1964 (fotos 11, 12 y 13).

El período subsiguiente se enlaza con el estilo ecléctico y de progreso tecnológico (1824-1940), que comprende la etapa victoriana temprana (1824 -1860) caracterizada por el estilo neogótico, la victoriana alta (1860-1900) reconocida por los edificios de mayor efecto visual que expresaron poder y riqueza, y la victoriana tardía y eduardiana que reprodujeron el pasado con más fidelidad que antes. Este período fue asiento de desarrollos tecnológicos que mejoraron el confort (gas, electricidad, teléfono, agua entubada), y las formas arquitectónicas con edificios de techo plano, ventanas en saledizo (bay windows), y la riqueza de la decoración arquitectónica.

Nos remitimos a Remillard y Merrett, quienes discriminan este período, para toda la ciudad de Montreal, según los estilos siguientes:

Neogótico (1824-1940), cuyas características se destacan por los arcos ojivales o apuntados, los merlones decorativos, pináculos floridos y contrafuertes, y ejemplificado por la basílica de Notre-Dame (foto 14), las iglesias de San Patricio, San Pedro Apóstol, y la anglicana de Cristo, en el género religioso, la Maison Furness en el género residencial (foto15) y la Wilson Chambers en el comercial (foto 16); Neorrenacimiento (1850 -1885), caracterizado por el uso de cornisas, ventanas encintadas y triangulares o curvos sobre las ventanas. Sus ejemplos residenciales, de los más representativos son la Maison Dow (foto 17), Maison Allan (foto 18) y Maison George Stephen (foto 19); religiosos, como la Iglesia de Jesús (foto 20) y la catedral María Reina del Mundo (foto 21); y mercantiles, la Recollet House (foto 22) y el Exchange Bank (foto 23).

Foto 2: Castillo de Ramezay, cerca de 1920,  en Montreal in Evolution, p. 120.

Foto 2: Castillo de Ramezay, cerca de 1920, en Montreal in Evolution, p. 120.

Fig. 6: Catedral de Notre Dame y la Plaza de Armas, R. A. Sproule, 1830, en Montreal in Evolution, p. 105.

Fig. 6: Catedral de Notre Dame y la Plaza de Armas, R. A. Sproule, 1830, en Montreal in Evolution, p. 105.
      

Fecha de publicación en red: 11/Diciembre/2003
Revista Mexicana de Estudios Canadienses.
Octubre de 2003. Vol.1, nueva época, número 6.


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