Revista núm. 2, primavera 2002

Primavera 2002,
nueva época, número 2.

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REVISTA MEXICANA DE ESTUDIOS CANADIENSES
nueva época
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DESARROLLO ECONÓMICO, INDUSTRIALIZACIÓN Y COMERCIO EXTERIOR. LOS DEBATES EN CANADÁ Y ARGENTINA EN LA PRIMERA MITAD DELSIGLO XX*

Cristina Lucchini

Resumen
El objeto del presente artículo es revisar los elementos relacionados con la historia de las ideas que prefiguraron las acciones actuales de los Estados argentino y canadiense. Como consideramos que buena parte de las características de los agentes económicos y de los gobiernos tiene sus raíces en el periodo de entreguerras, examinamos de manera comparativa los debates e interpretaciones de W.A. Mackintosh y Harold Innis en Canadá y de Luis Duhau y Alejandro E. Bunge en Argentina..
   

La comparación entre la evolución económica de Canadá y Argentina ocupa un lugar relevante en una gran cantidad de ensayos que realizan estudios históricos, sociológicos e institucionales. El interés no es nuevo. Desde principios del siglo XX, llamó la atención de los observadores las diferencias en su crecimiento; a pesar de compartir ambas naciones una serie de características que las reunían bajo el rótulo de naciones jóvenes, poseían amplio territorios vírgenes aptos para cultivos de clima templado, una densidad de población muy baja y se habían insertado plenamente en el mercado mundial en el marco de la división internacional del trabajo.

Al transcurrir la centuria, los desarrollos económico—sociales de uno y otro país se alejaron paulatinamente, llegando en la coyuntura de entreguerras a situaciones divergentes. Mientras Canadá ya había realizado un proceso de industrialización sustitutiva, con inversiones estadounidenses cuantiosas que buscaban refugio en el norte del continente para poder exportar libremente a los dominios británicos, Argentina atravesaba una crisis de crecimiento relacionada con el agotamiento del modelo agroexportador.

La historia posterior es conocida; los indicadores de crecimiento del PBI, ingreso per cápita y distribución del mismo se alejaron cada vez más. En la actualidad, la economía y la sociedad canadienses atraviesan una situación próspera, mientras que Argentina vive dificultades crecientes relacionadas con el fracaso del modelo de industrialización sustitutiva, el estancamiento de la producción y el aumento del desempleo. Sin embargo, existen algunas regularidades que acercan las realidades de los dos Estados. Éstas se vinculan principalmente con los obstáculos que enfrentan sus gobiernos para conducir la economía de manera autónoma —empleando un término en desuso: soberana—. El proceso de globalización y la presencia de países vecinos que los superan en la envergadura de su producción y consumo favorecen la adopción de políticas que no modifican el statu quo y se limitan a seguir los derroteros del mercado.

Ambos países además aprendieron recientemente procesos de integración económica regional, conformando uniones en las que desempeñan papeles subordinados. Marcando las diferencias —no es equiparable el TLCAN al Mercosur— en los extremos norte y sur de América se observa que las autoridades nacionales pierden rápidamente su capacidad de decisión.

El objeto del presente artículo es revisar los elementos relacionados con la historia de las ideas que prefiguraron las acciones actuales de los Estados argentino y canadiense. De manera tal, y considerando que buena parte de las características de los comportamiento de los agentes económicos y de los gobiernos tiene sus raíces en el periodo de entreguerras examinaremos de manera comparativa los debates y las interpretaciones de W.A. Mackintosh y Harold Innis en Canadá y de Luis Duhau y Alejandro E. Bunge en la Argentina (Clementy Williams, 1989; Llach, 1985).

Encontraremos, a través de la confrontación de sus ideas, no sólo algunas certezas sobre las diferencias y semejanzas entre los dos procesos de industrialización y las respectivas instituciones económicas; también examinaremos los elementos constitutivos de la realidad social que forjan el presente de cada país. Para cumplir con nuestro propósito, en primer lugar expondremos las características más relevantes de la economía canadiense hacia 1918 y examinaremos los debates internos en torno a la industrialización; en segundo término, haremos lo mismo con la Argentina. Por último, la comparación se extenderá a las ideas económicas en ambos países durante el periodo de entreguerras.

EL CONTEXTO ECONÓMICO, SOCIAL Y POLÍTICO EN CANADÁ

En las últimas décadas del siglo XIX, la Revolución industrial alcanzaba la madurez, extendiendo su influencia hasta zonas consideradas anteriormente como marginales. La variedad de bienes comercializados y su volumen , crecieron de manera espectacular y nuevos países se incorporaron al mercado internacional como exportadores de bienes primarios.

Es el caso del Canadá, que se había convertido en 1867 en una confederación relativamente autónoma, pero continuaba sometida al control inglés bajo el estatus de dominio.[1] Hacia finales del siglo, participaba significativamente del mercado de cereales, había extendido un complejo sistemas ferroviario con la participación del capital inglés, y recibía numerosos inmigrantes europeos que poblarían parcialmente su extenso territorio.

Desde finales del siglo XIX, Canadá protagonizó un proceso de industrialización por sustitución de importaciones bajo la tutela del proteccionismo. El instrumento central de planificación económica fue la Política Nacional de Aranceles de 1879, que establecía la elevación de las tarifas aduaneras. La protección arancelaria, se implementó como un instrumento para lograr el desarrollo nacional. Le permitía al gobierno aumentar la recaudación fiscal, procurar la integración territorial y detener el flujo migratorio, ya que EEUU estaba creciendo rápidamente y ciento de miles de canadienses se dirigían hacia el sur buscando empleo en los sectores industrial y de servicios.

La política proteccionista, no fue concebida como una forma de preservar las industrial incipientes, impulsar su desarrollo y convertirlas en competitivas internacionalmente. Más bien, reflejó el interés del Estado y de las elites empresariales en captar el mercado interno y nivelar la balanza de pagos a través de la sustitución de importaciones por productos nacionales.

El Reino Unido no protestó por la imposición de altos aranceles por que creyó que así fortalecería al Imperio. Se dificultaba el ingreso de los productos manufacturados americanos al Canadá y el resto de sus dominios. Se evitaba también la emigración permanente hacia los EEUU, ya que traería peligrosos consecuencias geopolíticas.

Al comenzar el siglo XX, la industria canadiense había crecido notablemente y satisfacía una porción importante del mercado local. En su estructura sobresalían las siguientes características:

  • Una presencia muy significativa de empresas provenientes de los EEUU, que aprovechaban la posibilidad de vender a un mercado relativamente protegido por altos aranceles aduaneros.
  • La inferioridad tecnológica de la industria, que se mostraban incapaz de generar sus propias líneas de investigación y desarrollo.[2]
  • La ya mencionada opción mercadointernista, determinada por los comportamientos no innovativos de los empresarios y la dificultades del gobierno para fijar límites a la acción de las firmas de capital extranjero.

Por otra parte, los volúmenes de la producción eran cada vez más grandes y acompañaban el papel principal de Canadá como exportador de bienes primarios. El clima general en las autoridades nacionales y las empresas era de satisfacción, considerando que se había optado por la mejor estrategia, que unía los intereses de los sectores agrarios[3] e industrial y los deseos de integración territorial por parte del Estado (Laxer, 1986).

La penetración de los capitales estadounidenses se intensificó en la década de los veinte, bajo la cobertura de las “preferencias imperiales”, política que otorgaba privilegios arancelarios a las exportaciones canadienses hacia el Reino Unido, el resto de los dominios y las colonias británicas. El proceso de otorgamiento de las preferencias fue gradual. Ya a principios de siglo, Nueva Zelanda y Sudáfrica, habían equiparado los aranceles cobrados al Canadá con los que gravaban las mercaderías provenientes de Gran Bretaña. Al finalizar la primera guerra mundial, el beneficio se extendió a buena parte de las colonias y hacia 1925 Australia concedió ventajas similares.

Nuevamente, la corona creyó conveniente la promoción del crecimiento industrial canadiense, para frenar el avance de las manufacturas estadounidenses. Éstas superaban a las británicas en costos y calidad y penetraban fácilmente en todo el Imperio.

En 1932, esta política adquirió un carácter más sistemático en la Conferencia Económica Imperial de Ottawa. A partir de esa fecha, Canadá gozó de preferencias aduaneras en todos los dominios y colonias dependientes de Su Majestad.

Sin embargo, la aplicación de una política de exportaciones para el Imperio favoreció el crecimiento de las inversiones yanquis en Canadá, que buscaban instalar subsidiarias en el norte para poder vender en el resto de los dominios. Así, las empresas de los EEUU utilizaban la preferencia aduanera para eludir el cerco que obstaculizaba sus exportaciones hacia los países que formaban la Commonwealth.

La política industrial canadiense produjo resultados contradictorios. Por un lado, se establecieron en el país numerosas industrias que aumentaron la producción de manufacturas destinadas al mercado interno y la exportación. Las empresas extranjeras contribuyeron decisivamente a elevar el nivel de las ventas hacia el exterior de bienes terminados. Durante la década de los veinte del siglo XX, las ventas se duplicaron constituyendo más de 10% de las exportaciones totales de Canadá. La mitad de estos productos manufacturados se componía de equipos de transporte, automóviles y autopartes, sectores dominados por las subsidiarias y licenciaturas estadounidenses (Williams, 1979).

Por otra parte, el rumbo del crecimiento industrial reafirmaba el carácter dependiente de la economía nacional. El país continuaba siendo un importante exportador de bienes primarios —las ventas de trigo, estancadas desde 1912, fueron compensadas con las de minerales, pulpa de papel y madera—. En forma creciente, las ventas de commodities se dirigieron hacia el sur; ya que de allí provenían no sólo los fondos que impulsaban el desarrollo manufacturero sino también la tecnología y la maquinaria de las nuevas empresas.

Canadá parecía haber encontrado el camino del progreso. Durante los años veinte, todos los indicadores económicos y sociales experimentaron una notable actuación: crecimiento del PIB, de las exportaciones de bienes primarios y elaborados, tasa de urbanización, alfabetización y distribución del ingreso. Sin embargo, desde los EEUU una sombra oscurecía las posibilidades de desarrollo autónomo y de equilibrio regional. En este complejo panorama, dos historiadores de la economía polemizarán en torno a la situación de Canadá, sus posibilidades y limitaciones. Se trata de W.A. Mackintosh y de Harold Innis. La comparación de sus ideas es el tema del siguiente apartado.

LAS INTERPRETACIONES

En la década de las años veinte del siglo XX, Mackintos e Innis cambian el rumbo de la historiografía de su país, fundada principalmente en el estudio de sus instituciones políticas. Así evaluaba el primero de ellos la situación de los estudios históricos por esos años:

Hasta el presente (1923) la vía constitucional ha sido fuerte, por la obvia razón de que el más reciente y más significativo capítulo de la historia constitucional británica se ha escrito en Canadá. La periodización de la historia de la Norteamérica Británica que aparece en los libros escolares es suficientemente ilustrativa. Allí, el proceso se explica en términos de sucesión de diferentes instrumentos de gobierno. Este exagerado énfasis en la historia institucional, impulsaba a los estudiantes a formular preguntas del tipo de ¿Eran todos miembros del parlamento en esa época? (Mackintosh, 1993).

La propuesta de ambos —que, por cierto conducirá a resultados opuestos— es la de reevaluar los aspectos geográficos, económicos y sociales. De este modo, construyen la tesis de los staples: en ella se asevera que la exportación de diferentes productos primarios tuvo un impacto fundamental no sólo sobre la economía canadiense, sino también sobre la sociedad y la política. Así, diferentes staples o materias primas de exportación —como pieles, pesca, madera, cereales, petróleo— tuvieron influencia decisiva en los patrones de asentamiento, los conflictos internos de la federación y la evolución política. Sin embargo, los dos economistas evalúan en forma diferente el impacto de esta herencia sobre el modelo de industrialización canadiense.

Examinemos en primer término las ideas de Mackintosh. Éste considera el desarrollo el desarrollo del país positivamente, explicando a través de cuatro etapas lineales la evolución de Canadá. Postulaba la extensión del mismo modelo explicativo a la interpretación del devenir económico —pasado y futuro— de los dominios británicos blancos y de los EEUU, imaginando que el paso de una etapa a la siguiente no ofrecería mayores dificultades y que la economía de exportación transportaría naturalmente a la nación de escalón en escalón, permitiéndole acceder al desarrollo sustentable. Inclusive, ya hacia 1933, consideraba que su país era un importante exportador de bienes manufacturados:

No debe asumirse que Canadá es un mero exportador de materias primas; sus importaciones de bienes manufacturados son importantes. En proporción a su población, sus exportaciones de productos industriales son más importantes que las de EEUU. [.....] Nosotros estamos interesados no sólo en el comercio internacional, sino en el comercio internacional en todas sus armas (Mackintosh, 1993).

La oposición del economista, básicamente optimista en cuanto a las posibilidades de progreso para su país, significaba la adopción de un camino de crecimiento estrechamente ligado a los intereses de los EEUU. Consideraba altamente positiva la radicación de las empresas estadounidenses, que potenciaba la estrategia de exportaciones para el Imperio Británico. Al mismo tiempo, no mostraba mayor preocupación por la importancia creciente del mercado americano en el consumo de materias primas canadienses.

La influencia de Mackintosh no se redujo a los círculos académicos. Por el contrario, su desempeño como funcionario del gobierno en el periodo 1939-1946 y la incorporación al mismo de discípulos y colegas provenientes de su propia universidad, marcaron fuertemente la marcha de la conducción económica durante más de veinticinco años. La llamada escuela continentalista, partidaria del optimismo mackintoshiano, la exportación de recursos naturales y la inversión extranjera en la industria heredaría no sólo las ideas del pionero: también ocuparía los lugares clave en la determinación de las políticas estatales.

El cofundador de la teoría de los staples, Harold Innis, discrepa con esta visión laudatoria de la economía nacional. Lejos de brindar una posición maniquea, reconoce los elementos positivos que sentaron las bases del crecimiento canadiense. Favorecido por el modelo de asentamiento británico, el país había heredado instituciones políticas y económicas que favorecían el desarrollo. Por un lado, contaba con la presencia de los mecanismos y rutinas propios de la democracia liberal; por otra parte, la economía se benefició con el énfasis en el consumo de bienes y un estándar de vida inicial relativamente alto. Ambos elementos se retroalimentaban: el marco institucional previsible proporcionaba y las condiciones de vida más que aceptables constituyeron un antídoto seguro contra el veneno de los liderazgos carismáticos.

Por otra parte, Innis ubicaba a Canadá dentro de la llamada civilización occidental, que estaba dominando al mundo bajo la hegemonía británica (en el siglo XIX) y estadounidense (en el siguiente). Sin embargo, ser miembro de la civilización occidental no significaba situarse en el centro de la misma. Por el contrario, el país del norte se encontraba en un área marginal, desarrollada por las potencias rectoras para la extracción de sus recursos naturales.

La economía del Canadá descansaba en las exportaciones de recursos primarios —los denominados staples— a naciones más desarrolladas. El predominio de un staple conducía a una estrategia de crecimiento recurso —intensiva, basada en el mercado internacional de ese producto—. Esta estrategia de crecimiento, producía, según en la visión de Innis, importantes distorsiones que gravitaban negativamente sobre el desarrollo nacional e impulsaban un tipo de industrialización deformado caracterizado por los siguientes elementos:

  • Predominio de los staples en la determinación de la vida económica y social. El producto exportable generaba una serie de eslabonamientos hacia delante y hacia atrás que condicionaban fuertemente las posibilidades de crecimiento autosostenido.
  • La construcción de la infraestructura de transporte, que permitía al staple acceder a mercados distantes, requería inmovilizar el capital fijo. Esto, generaba un alto grado de endeudamiento y dependencia y se tornaba innecesario al finalizar el auge del bien primario exportable. El mejor ejemplo de este tipo de desajuste se relaciona con la caída del trigo como principal producto exportable y su reemplazo por la riqueza mineral de Ontario. Construido con el fin de relacionar el hinterland triguero con los puertos de exportación, el Canadian Pacific Railway se volvió obsoleto y la red de transportes, inadecuada para las necesidades del nuevo staple.
  • Gran vulnerabilidad a las fluctuaciones del mercado externo, que derivaban en crisis de ajuste, provocando una distribución desigual del poder económico entre las regiones.

Desde la misma conformación del modelo, la clave del mismo descansaba en la brecha tecnológica, que se ensanchaba con el intercambio de materias primas por bienes manufacturados. Innis discrepa con Mackintosh en la existencia de etapas de desarrollo armónico y gradual, que llevarían inevitablemente a la madurez económica. Por el contrario, sostiene que: “[...] la industrialización en las naciones nuevas, dadas las organizaciones políticas adecuadas, tiende a ser acumulativa; los EEUU se industrializaron más rápidamente que Inglaterra y Canadá más rápido que los EEUU” (Innis, 1959).

La industrialización rápida de los países tiene consecuencias imposibles de predecir, lo que torna muy difícil —como veremos en otros apartados— la conducción económica.

Este crecimiento industrial depende de su vecino del sur, y no es capaz de general un modelo de desarrollo autónomo. La visión de Innis es profundamente pesimista. Teme no sólo por las alternativas del crecimiento económico nacional, sino también por las posibilidades de supervivencia del propio Estado canadiense. La crisis provocada por la caída de cada staple y su reemplazo por un nuevo bien exportable, afectaba fuertemente el equilibrio regional y el reparto del poder.

Para entender estos temores, explicaremos brevemente su interpretación sobre la relación existente entre la economía del staple y el Estado como ordenador social. Innis vinculaba directamente la organización política con las demandas de la producción y comercio de bienes primarios exportables; por ejemplo, el surgimiento de la Confederación se relacionaba estrechamente con la extensión de la economía del trigo. El Estado federal se transformó en un agente activo. Gastando grandes sumas de dinero en la extensión de la red ferroviaria y de canales y subsidiando la producción.

¿Cuáles eran los efectos del cambio de un staple a otro? El economista canadiense relacionaba los movimientos de protesta regional del siglo XX con la disminución de la importancia relativa de la exportación triguera y el aumento de las nuevas actividades ligadas al mercado estadounidense. En sus palabras:

Los peligros para Canadá han aumentado gracias a las distorsiones en la estructura constitucional canadiense provocadas por las nuevas industrias desarrolladas en especial relación con el mercado americano. Una división se ha establecido entre las provincias que tienen recursos naturales apetecidos por el mercado americano y aquellas más vinculadas con los mercados europeos. La tensión ocasionada por una constitución diseñada para una economía vinculada con Gran Bretaña y Europa provoca la emergencia del regionalismo. (Innis, 1959).

Sintetizando, Harold Innis señalaba las fuertes posibilidades de crecimiento automático en brazos de la exportación de materias primas o de la industrialización colonizada por el capital americano. Sus seguidores, agrupados en la escuela nacionalista de economía política, criticarán duramente la dependencia industrial canadiense y su retraso tecnológico.

A continuación examinaremos el contexto histórico del debate en la porción más austral del continente.
        

Fecha de publicación en red: 09/Julio/2004
Revista Mexicana de Estudios Canadienses.
Primavera 2002, nueva época, número 2.


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