Revista núm. 2, primavera 2002

Primavera 2002,
nueva época, número 2.

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REVISTA MEXICANA DE ESTUDIOS CANADIENSES
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LITERATURAS MINORITARIAS EN CANADÁ I: MENIPEOS-CANADIENSES

Mayra Inzunza

Resumen
Aun cuando la literatura canadiense suele considerarse “emergente”, puede atribuírsele un futuro promisorio si observamos no sólo sus éxitos editoriales, sino también sus innovadoras propuestas narrativas. Y es que su prosa híbrida nació subvencionada por un Estado que alentaba la diferencia, lo que va más allá de su mera tolerancia: baste recordar su dual asunción identitaria, que busca otorgar igual importancia a escritores francófonos y anglohablantes. Así pues, en este artículo pretendo aproximarme al colorido del “mosaico cultural”, anexando a la cartografía reconocidamente binaria (anglocanadiense/quebequense) las narrativas aborigen e inmigrante que cohabitan en un mismo territorio, Canadá.
   

MONOLÓGICOS (¿UTÓPICOS?) VS. POLIFÓNICOS

Sabemos que durante el Renacimiento se privilegió escrituralmente a los textos llamados utopías, esos correlatos subjetivos de la esperanza humana en un locus amenus más bien propio del Beatus ille, comunión del yo con las diversas otredades en un ámbito idealizado y, por tanto, ficticio. En este sentido, humanistas como Bacon, Campanella y Moro concretaron una tradición que alcanza expresiones estéticas sublimes –en el sentido Kantiano- con Swift y sus houyhnhms, pasando por La invención de Morel de Bioy Casares hasta Las ciudades invisibles del Italo Calvino. Se cree además que el antedicho Tomás Moro (Utopía) y Erasmo de Rotterdam (Elogio de la locura) aprendieron latín traduciendo a Luciano de Samosata, a quien se dice admiraban. En su Historia verdadera, este último sugiere que la verdad equivale a la mentira en cuento a la virtud prevaricadora de la lengua,[1] debido a que la arbitrariedad residente en la legitimación otorgada por un consenso o mediante la inventiva[2] convertiría a ambas, en última instancia, en meras ficcionalizaciones retóricas.

Ahora, bien, para Mijail Bejtín (The Dialogic Imagination), la narrativa es un género abierto, a diferencia de la épica que es “cerrado” y la posterior novela de tesis dieciochesca y “monológica”, tanto más idealizada cuanto mayormente unívoca; asimismo, Bajtín afirma que la narrativa heterotextual proviene de la sátira menipea que, a su vez, halla su origen en Menipo de Gadara y ya en el siglo XVI habría de dar nombre a la Satyre Menipeé, texto francés atribuido a autores varios que versa sobre las disputas político-religiosas de la época. En un sentido bajtiniano, la menipea sería un híbrido cómico-serio emparentado con los Diálogos platónico-socráticos, pues igualmente ha de buscar la verdad mientras presenta una gran pluralidad de modos para alcanzarla en varias voces del relato (o “polifonía”, como en La colmena de Camilo José Cela); y es un género protéico en cuanto a que se inclina a entremezclar diferentes estilos/tonos literarios (como en Juan de Mairena de Antonio Machado), según premisas consiguientemente subversivas y, además, se distingue por su poder inclusivo y la gran variedad de intertextos y metanarración que logra contener, como en el Museo de la novela eterna de Macedonio Fernández, el cervantino “Coloqui de los perros” (en el que se critica agudamente a las novelas pastoril y bizantina desde el Miser Catule) y Cándido de Voltaire (que paradia filosofías positivistas en boga como sería la monadología de Leibnitz), pasando por Tristam Shandy, Maniatan Transfer y hasta Tres tristes tigres.

Amén de sus estrategias para verosimilizar las escatología que proponen y ser obras que conversan con otros relatos de la época o bien anteriores, las narrativas polifónicas (desde la triada clásica Rabelais-Chacer Bocaccio hasta novísimas como El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio, pasando por El dedo de oro de Guillermo Sheridan y hasta posmodernas como A Night of Serious Drinking de René Daumal o Cigarretes are Sublime de Richard Kleine) fracturan la noción cartesiana de una verdad estable. Con todo ello, parecerían cuestionar si, ¿la univocidad del discurso monológico, por tanto, no deviene acaso una mera ucronía? Bien, pues, cuando menos, sagas norteamearicanas contemporáneas de pueblos imaginarios donde cohabitan culturas diferentes en un mismo territorio como serían el “Manawaka” de Margaret Lawrence, el “Yoknapathawpa” de William Fawlkner o la “Klail City” de Rolando Hinojosa[3] sugieren las posibilidades de una epifanía a la cual sólo puede accederse no únicamente mediante una mera convergencia espacial, sino sólo tras el diálogo con el otro.

VIERNES Y EL MITO INSULAR

Viernes fue bautizado con este nombre cuando lo encontró en el día homónimo Robinson Crusoe, quien anteriormente habría naufragado en aquella isla “inhabitada” (y aquí recuérdese la posesión territorial vía resnulis) donde salvó al que sería su esclavo de unos feroces caníbales.

Perfecta versión novelesca de la dialéctica hegeliana, en esta novela el siervo demuestra cómo su amo no existiría, no reinaría, pues, sin súbdito que le sirviese. Muchas son las adaptaciones que ha tenido la obra originalmente escrita por Daniel Defoe, cuyo protagonista se considera un arquetipo del proceso civilizatorio occidental. Así pues, el tema de Viernes casi podría comprarse con el Calibán shakespereano (The Tempest), en tanto motivos de la discusión poscolonialista; aunque, de entrada, la cuestión que me interesa subrayar aquí reside en cómo la posibilidad de un espacio paradisiaco se nos revela cada vez más como un mero hechizo, ficcionalización al estilo Mitologies (Roland Barthes), por la gratuidad de la mitificación particularmente cuando el tema robinsoniano —arqueotipo de una burguesía en ascenso protestante y austera en Robinson Crusoe (Daniel Defoe); algo de existencialista en Viernes o los limbos del Pacífico (Michel Tournier) — explora la orfandad a que conduce el naufragio, sea cuestionador de la ideología de género como en Foe (J. M. Coetzee) o bien lacaniano y apolítico como en Te llamará Viernes (Almudena Grandes).

Reapropiación del mito paradisiaco, las reinterpretaciones que ha tenido la historia de Cruso, como lo llama Susan Barton, se narran desde perspectivas con las que puede abordarse el naufragio existencia, la falta de asideros ideológicos a los que conduce el encuentro con la otredad tras una experiencia por demás yoísta, solitaria: monológica. Hay unaoposición de contrarios que se yuxtaponen accidentalmente, más apolíneo y dionisiaco en términos nitzcheanos (Los orígenes de la tragedia), la daléctica hegeliana del amo y el esclavo y las afasias metafórica y metonímica propuestas por Jakobson (Ensayos de lingüística general), resultan aquí simplistas, porque los amagos de convivencia se han ido complicando con las micropolíticas, desde el auge d la multiplicidad que ya anunciara Derrida (La escritura y la diferencia), así como con nociones como las de noema (Husserl), rizoma (Deleuze y Guattari) y punto de vista móvil (Hans Georg Gadamer primero y luego Wolfang Iser).

Aventuro así que la narrativa contemporánea parecería no depararnos futuro promisorio alguno, no al menos en el sentido de paraíso de ignorancia, irreponsabilidad y beatitud. No podemos más acercarnos pasivamente a las novelas actuales, sino que urge una toma de postura ante las mismas, tanto estética como política. Sirvan entonces las siguientes líneas para aproximar al lector al debate literario poscolonial siendo éste ejemplificado con el novísimo y en boga caso canadiense.

ESTEREOTIPIA O EL ESTADO DE LA CUESTIÓN

Actualmente, mientras los estudios culturales tratan cada vez más sobre la representación política del sujeto,[4] como puede leerse en la obra producida por Gayatry Chakravorty Spivak, A Critique of Postcolonial Reason, y según publicadas por canadiólogos reside todavía en la cuestión identitaria[5] (i.e. el conocido Canadian Canons o Margaret Atwood y su famosa obra Survival A Thematic Guide to Canadian Literature). Tal propensión a indagar rasgos que distinguirían el “ser canadiense” excede a las otras versiones del tema poscolonial (por ejemplo, el Orientalismo desarticulado según Edward Said y Nation and Narration de Homi Baba). En este sentido, las literaturas afrofrancesas, pongamos por caso la obra cameruneso-parisina de Calixthe Beyala titulada Amours Sauvages, no expresan esa gran necesidad de cohesionar un imaginario colectivo propio, como sería la manifiesta en las letras quebequenses en su versión poética a lo Instalations (avec ou sans prénoms) de Nicole Brossard.

Y es que partir de Marie Chapdeleine —considerada la primera novela quebequense, aun cuando fue escrita por un francés (que no una francesa) durante su travesía de seis meses en territorio franconorteamericano— pasando por Bonheur d’occasión de Gabrielle Roy y La Québéquoitte de Régine Robin, hasta llegar al Désert Mauve de Nicole Brossard, donde se exploran las dificultades de la traducción así como la orientación sexual lésbica, numerosas son las obras cuya lectura mueve a reflexionar en torno a la “quebequensidad”. Así los quebequenses han buscado definirse, primero, como distintos a los anglocanadienses —quienes ya de por sí desean oponerse a todo estereotipo estadounidense—, pero, también como herederos de Francis al tiempo que francófonos independientes (aunque en ocasiones independentistas). Los quebequenses aparecen, entonces, relacionados con la cultura francesa, más su cultura semeja a la chicana desde la mixtura idiomática entre las lenguas madres y el inglés “adoptado” —o quizás, mejor, adoptivo—. Bonheur d’occasion de Gabrielle Roy y La Québécoitte de Régine Robine, pongamos nuevamente por caso, focalizan el paso de lo rural a lo urbano y la pesquisa inicial tras una “quebequensidad”.

En este sentido, entre lo elementos que críticos canadienses como Northrop Frye (The Bus Garden) y Linda Hutcheon (Narcissistic Narrative) han logrado generalizar como característicos de la cultura canadiense apenas se encuentran, por ejemplo,, la bifurcación anglo y francohablante, el hockey de los sábados por la noche y las vasta extensiones territoriales, o su clima frío y el simbolismo atribuido al color blanco de la nieve. Esto se ha dividido entre la exploración del enfriamiento en las relaciones humanas tras su experiencia durante el imperativo tecnológico en cuanto a la parte anglocanadiense, vs las aporías ontológicas (y ya no más ontoteológicas, lo que confronta su tradición judeocristiana) del carácter posmoderno, pospolítico y poscatólico quebequense que sucedió a la Revolución Tranquila de los años sesenta, la cual vino a cuestionar asunciones como la familia católica numerosa mediante un nuevo feminismo y cierto neoestructuralismo. ¿Cómo caracterizar, entonces, a tal o cual producción literaria como anglocanadiense, quebecois o, por lo menos típicamente canadiense [al menos en términos generales]?

EPOJÉ:¿CRONOTOPOS DEL GUETO?

Entre las tentativas por caracterizar una estética canadiense, encuentro un afortunado acierto en la afirmación de que su literatura privilegia la idea de espacio. Tras una somera lectura de Margaret Atwood (digamos Ojo de gato, Chicas bailarinas o El huevo de Barza Azul), puede inferirse que la amplia extensión territorial de sus escenarios parecería análoga a la capacidad reflexiva de sus personajes: ocurre poca acción dramática, la psicología tampoco resulta vertiginosa, sino que deviene una suerte de meditación más bien contemplativa. Otra variante reside en la obra de Carol Shields (El secreto de Mary Swan, La memoria de las piedras, El mundo de Larry) cuyas protagonistas recorren vastas regiones geográficas o bien se desplazan constantemente en una misma ciudad sin por ello encontrarse desorientadas ni en la mera errancia ideológica, sino que se aventuran a través de sus propias posibilidades intelectuales, las cuales valoran frente a la impostura masculina. Mejor aún, cabe recordar aquí como el fenómeno conocido como Generación X se origina gracias a la novela homónima de un escritor canadiense, llamado Douglas Coupland; en éste y otros títulos suyos como Planeta champú, Vida después de Dios y Polaroids, sus personajes vagan por el territorio norteamericano tras una razón que dote de sentido a la presunta gratuidad de su existencia.

Ahora bien, el contexto situacional o espacio-tiempo puede igualmente mostrarse como elemento opresor en algunas literaturas canadienses, como serían las producidas por ciertos inmigrantes. En Under the Skin of a Lion, Michael Ondaatje —quien nació en Sri Lanka y desciende de ingleses, holandeses, cingaleses y tamiles— denuncia cómo la construcción de Toronto requirió de puentes y pozos cuya precaria armazón condujo a trabajadores migrados a pender de grandes alturas y temer siempre la posible caída o a internarse bajo lagos en túneles asfixiantes; peor aún, de lograr evadir acrofobia y claustrofobia, los trabajadores migrantes, en su mayoría recién llegados pobres, debieron enfrentar el peligro de una sorpresiva muerte catastrófica. Ejemplo de esto sería Comment faire l’amour avec un negre sans se fatiguer, novela del haitiano-quebequense Dany Laferriere donde los afroquebequenses se hacinan en estudios y bares suburbanos que parecen reproducir el ámbito antillano ante la misma vasta universidad de McGill.

Así, una lectura de los autores canadienses minoritarios o, mejor aún, no hegemónicos arroja imágenes contrarias a las publicitadas por la política multicultural estatalmente subvencionada. De ahí que, cuando se desea aventurarse en la estética “auténtica”, contamos apenas con aproximaciones análogas a las de los conquistadores en el Nuevo Continente. El discurso de los inmigrantes no presenta una orfandad estética, sino una hibridizacion entre las tradiciones originaria y de llegada. La representación de la ciudad varía desde los textos según sean éstos aborígenes o colonizadores, pasando por la urbanización de quienes emigraron del campo, hasta la literatura plurívoca o multicultural en su mejor expresión. Escritores con distintos géneros (masculino-femenino) e identidad cultural (aborigen-inmigrante) producen impresiones estéticas distintas dentro de un mismo ámbito (Montreal), lo que conduce a una estética más híbrida que sincrética. Así, la narrativa producida por aborígenes e inmigrantes amplía la noción de literatura canadiense porque sus textos generan una recepción literaria distinta a las hegemónicas canadienses (anglocanadienses y quebequenses). Por otro lado, el término “minorías visibles canadienses” resulta cuestionable en el sentido de que minorías como ciertos inmigrantes, por ejemplo, no son “visibles” —amén de que el Canadá es un país “nuevo” y conformado por sucesivas oleadas migrantes—. En suma, en Canadá, además de las conocidas anglocanadiense y quebequense, se genera una novela distinta, que presenta orígenes y poéticas diferentes a las primeramente mencionadas. Dicha novela, producida por las minorías políticas, registra significativamente la experiencia de aborígenes e inmigrantes en un espacio común a las culturas hegemónicas canadienses. Por tanto, para referir el término “identidad canadiense”, debe plantearse la confluencia de culturas varias dentro de un mismo territorio. Así, además, es gracias a la política multiculturalista que ha venido originándose una producción literaria distinta a la del melting pot, como suele denominarse a la política cultural estadounidense, opuesta a la política cultural del multiculturalismo originado en Canadá.

LAFERRIÉRE, NIETZCHE Y CHARLY PARKER

En Comment faire l’amour avec un negre sans se fatiguer, Dany Laferriére nos narra la historia de un par de amigos antillanos que habitan en un estudio mínimo (duermen separados por una cortinilla) en Montreal, el cual funge como guarida pseudointelectual para leer filosofía mahometana, predicar a Nietzche y escuchar a Charlie Parker, además de ser el recinto donde cotidianamente se consuman los flirteos amorosos con chicas estudiantes de McGill que se nos presentan como pudientes, indefinidas ideológicamente y, además, ingenuas en lo tocante a las artes amatorias.

Así, mientras Alberto Kurapel o Jesús Ordóñez Caicedo en sus novelas nos muestran un Montreal hospitalario, otros hispanocanadienses como Pablo Urbayi o Carlos Quiroz manifiestan la complejidad de la experiencia extranjera como análoga a la natal. A esta óptica debe, por tanto, añadirse la antillana, desde las causas del exilio autoral mismo; es decir, mientras los personajes de autores sudamericanos sueñan con regresar a revolucionar o, por lo menos, cambiar su opresiva condición pensándose en una estancia efímera, temporal, los caracteres antillano suelen mostrarse menos militantes y, aunque cuestionan la idiosincrasia occidental, suelen aparecer mayormente emparentados con la cultura afroamericana, mientras los hispanos se debaten entre sus raíces peninsulares y aborígenes.

Así pues, con el conflicto de identidad nacional que atraviesa Canadá, escasos son en realidad los patrones generales que nos servirían para reconocer la producción cultural de sus habitantes cual originarios de dichos país. Elementos como las vastas extensiones espaciales, el paisaje y su clima frío, el hockey, el nuevo feminismo, un carácter profundamente reflexivo, la constante presencia de la naturaleza y sus bondadosos recursos y sus maléficas fuerzas poco nos hablan sobre la diversidad de grupos étnicos, razas y lenguas que conforman dicha nación.

CANADÁ Y LA CUESTIÓN IDENTITARIA

Por tanto, entre los retos que encara Canadá ante el milenio, apremia consolidar su identidad nacional. Ésta se ha indagado en las supuestas constantes que se hallarían presentes en sus distintas manifestaciones artísticas, entre ellas la literatura donde, hasta la fecha, han predominado dos categorías culturales más o menos hegemónicas. Me refiero a quebecois y anglohablantes, representantes de la supremacía política blanca y su consiguiente racismo, manifiesto en la apropiación de los discursos que ellos mismos legitiman y en los cuales apenas cuentan las así llamadas “minorías visibles”.

En una tentativa por aproximarme a la estética canadiense auténtica, me enfrento con el problema, cada vez más polarizado, de la imposibilidad residente en categorizar a franco y angloparlantes dentro de un mismo rubro. Y es que ambas tradiciones se bifurcan, por no decir ya que muchos motivos quebequenses, como serían catolicismo y disfunción familiar, poco o nada tienen que ver con esa exploración anglosajona de la oscuridad en las relaciones humanas cuando la cotidianidad se ha enrarecido gracias al imperativo tecnológico. Más aún, de resultar contrarios casi antagónicos, tal dialéctica estilística se complica al revelérsenos la presencia de muchas otras variantes poéticas, y sean aborígenes o raciales: la literatura de los grupos minoritarios se distinguiría desde cuestiones tan determinantes como la lengua en que se escribe; y de ahí lo “visibles”, pues difieren física y culturalmente. Ahora bien, dado que en Canadá habitan comunidades diferentes en espacios comunes, cuando los indígenas no se confinan en reservaciones, deviene pertinente la inclusión de las minorías visibles, tanto nativos como inmigrantes, en el devenir de las letras canadienses.

Pues, de entrada, se pueden inquirir rasgos comunes a los escritos anglohablantes y francohablantes. En sus obras se encuentra, por citar sólo un par de casos, la naturaleza en sus diferentes manifestaciones y esa “mentalidad de guarnición” que tanto se le atribuye al ser canadiense. Mas, en la literatura de las minorías visibles, el paisaje, tan importante para los dos grupos culturales imperantes, no resultad bello ni mueve a la meditación, sino que sugiere una amenaza; mientras que la nieve aparece como elemento opresor; al tiempo que no se guarece de un clima tanto mayormente impío cuanto se proviene del trópico, por ejemplo, sino que más bien se pone a resguardo la autoestima. Y es que, como Christl Verduyn ha dicho:

Para muchos canadiense, el lugar de la imaginación se encuentra, —como lo sugiere el título de la novela más reciente de Dionea Brand— en otro lugar, no aquí. Así existen disyunciones entre lugar e identidad, geografía y cultura, y entre nación e imaginación, todos los cuales son relevantes cuando se discute la identidad canadiense (cit. en Andrew, Stawy Thénault, 1987: 165).

Podría aventurarse que obras como las afrocanadienses o por ejemplo las afrofrancesas difícilmente crearán una escuela, pues las escriben muy pocos autores, al tiempo que relatan anécdotas concernientes a unos cuantos: las minorías. Que o maduran como hicieron los chicanos en EU y amplían su visión unitaria conservando su cultura al anexarse a la otra o de antemano nacerán condenadas a su propia extinción. Bien, pues podría esgrimirse el argumento contrario con sólo leer el nuevo libro de Louise Halfe, a quien escuchar con reverente atención las voces de sus antepasados Cree ha llevado a cantar una epopeya, mediante la cual parecería rendir tributo a los orígenes del Canadá entero: entre los protagonistas de Blue Marrow (1998) están los indígenas o nativos, aquellos exploradores que vinieron al continente para comerciar pieles, los jesuitas colonizadores y hasta esos métis o mestizos cuya identidad se cuestiona desde la Constitución misma, pues ésta parecería no reconocerlos. Digo que basta con leer estos poemas de Louse Halfe para confirmar cómo la literatura del grupo al que se ha dado por denominar minorías se muestra muy visible pero, contrariamente a lo que se teme, sobresale en lo tocante a su poder inclusivo. Y, por cierto, cabe igualmente resaltar el hecho de que no se sea nada menor...

NOTAS

[1] Véase la teoría propuesta por el lingüista Saussure y desarrollada por Jackobson en Problemas de lingüística general.
[2] Tema ampliamente estudiado por Giovanni Vatimo en La sociedad transparente y Jean Francois Lyotard en La condición posmoderna.
[3] Todas las cuales recuerdan a sus predecesores imaginarios, los realismos mágicos latinoamericanos, particularmente el colombiano Macondo (en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez) y el mexicano Comala (en Pedro Páramo de Juan Rulfo).
[4] Está, por ejemplo, el Cultural Studies Reader (ed., by Simon During, London: Routledge, 1994, 478 pp.)
[5] Por ejemplo, está el libro de Silvia Delfino y Alberto Bialokowsky. Diversidades compartidas. Estudios sociales y culturales en Canadá Buenos Aires: Centro de Estudios Argentino Canadienses de Buenos Aires, s/f, 173 pp. Aquí véase, particularmente, el ensayo firmado por la primera autora y que lleva por título “Diferencias en común: algunos debates de estudios culturales en Canadá” (pp. 145-173).

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Fecha de publicación en red: 09/Julio/2004
Revista Mexicana de Estudios Canadienses.
Primavera 2002, nueva época, número 2.


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